Revolución Pelota visitó potreros de la Argentina, Bolivia, Perú, Ecuador y Chile

En éste viaje iniciático hay muchas anécdotas pero sólo un conector. La pelota.
Si se mira en perspectiva, el camino de la Revolución Pelota arrancó en un potrero, siguió en otro y todavía se alimenta de canchitas perdidas en barrios de toda la región.
Algo quedó claro. El fútbol mueve cosas que otras disciplinas no. Por ejemplo, si se tira una pelota, se esté donde se esté, sea una cancha lisa perfecta o un potrero de piedras y tierra seca ubicado a más de 4 mil metros de altura, tanto chicos como adultos se ponen a jugar.
Así arranca el juego, una y otra vez. Cada instante hay alguien que da un pase, una asistencia, que se imagina en el Camp Nou a punto de patear un tiro libre cuando en realidad el arco es el portón metálico de un vecino y el arquero es un árbol plantado por la municipalidad.
Y un día RP comenzó sin que se la busque. Una noche de calor, Fede Pería y “Roña” Perrone estaban en una plaza de Getsemaní, un barrio de Cartagena, Colombia. Vieron llegar un grupo de jóvenes con un arco y una pelota. A pesar de que no se conocían, los invitaron a sumarse.
Jugaron toda la noche.
Más tarde, ya con una gaseosa en la mano, ambos se preguntaron si esa experiencia no se podría extrapolar a otros sitios de la región. La inquietud quedó ahí.
Pero tres años después, ya en 2013 la respuesta llegó. El plan consistía en recorrer Sudamérica, visitar las canchas más relegadas, repartir pelotas, conocer historias, filmarlas, sacar fotos y luego volcar la experiencia en un documental.
La hoja de ruta incluyó Bolivia (Tupiza, Uyuni, Potosí, La Paz, Copacabana), Argentina (Santiago del Estero, La Banda, Tilcara, La Quiaca), Perú (Punto, Cuzco, Nazca, Lima, Organos, Mancora, Punta Sal), Ecuador (Olón, Puerto López, Quito, Guayaquil) y Chile (Arica, Calama, Atacama).
Durante el viaje los contrastes fueron moneda corriente. Un día se repartían pelotas en una cancha en Potosí a más de 4060 metros sobre el mar y a la semana jugaban un partido a orillas del Pacífico en Lima, Perú.
Dos meses, 16 mil kilómetros y 50 potreros después, la RP se afianzó, encontró su identidad y comenzó a dar pasos de gigante.
“Entendimos que el futbol en Sudamérica es una manera de vivir, aprender y educarse”, contó Fede Pería.

Hubo de todo un poco

Clima adverso.
“Yendo de Cuzco a Nazca en Perú, nos agarró una tormenta tremenda en el camino. No se veían más de 5 metros y parar era imposible porque era un camino con precipicio. Teníamos mucho miedo de no contarla. Pero por suerte nos dimos palabras de apoyo y seguimos”
Todo y nada en un potrero jugando un partido por plata.
“Estábamos en Mancora, en el norte de Perú, y Mati salió a retratar el pueblo.
Se encontró con un grupo de amigos vestidos para jugar al fútbol. Lo invitaron.
Y como se jugaba por plata se ponía pierna fuerte. Perdió el primer partido, pero después en un doble o nada se recuperó”
Conflictos con animales un poco desencajados.
“Un amigo nos prestó una casa en Santiago del Estero y había dejado las llaves en lo de un vecino. Nos alertó de sus perros, pero no le dimos importancia.
Cuando llegamos no nos animábamos a salir del auto. Al final, casi una hora después no quedo otra, Mati se animo a salir y terminaron siendo amigables”

Un nuevo camino

Si se mira desde afuera, se ve una camioneta, dos amigos futboleros, muchas pelotas, canchas perdidas e historias de vida.
Pero hay algo más.
El viaje en sí mismo es la prueba de algo que se sabe pero no siempre se valora.
El lenguaje del fútbol destruye odios, diferencias, patrimonios, entre otras fuerzas que joden la paz entre las personas.
El simple hecho de que la pelota gire, hace que se olviden los problemas.
Cuando arranca el juego, arranca la diversión, el trabajo en equipo, las ganas de ganar, de luchar. Todo aquel que jugó al fútbol experimentó de una manera u otra esas sensaciones. Todo aquel que jugó sabe que el fútbol, a diferencia de casi todo, da más de lo que quita. Y lo da por un precio barato, piso plano y una pelota. Esto hace del fútbol un aliado. De cualquier causa.
Su mejor virtud es que genera un entorno sano en ambientes complicados. Cada cancha visitada era una especie de refugio contra situaciones adversas: pobreza, frío, falta de trabajo, hambre, aislamiento, etc.
De éste modo, el trabajo de los cientos de clubes desperdigados alrededor de Sudamérica es algo así como una utopía plasmada en la realidad. Es algo en que nosotros creemos y defendemos. Porque esos clubes existen y, en casi todos los casos, necesitan ayuda.
Y de eso se trata la Revolución Pelota. De intentar darles una mano.


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